La Mofeta vs el 2010

Esta semana vi El Infierno (Luis Estrada, 2010) y luego de reflexionar sobre la actualidad de mi país, escribir esto me resultaba más difícil de lo que pensaba. ¿Cómo escribir sobre un buen año, después de ver pasar tantas desgracias? ¿De economías injustas? ¿De ver muertos ya no sólo por hambre, sino por balas fraternas? ¿No resulta frívolo hablar de buenaventura desde la comodidad de este oasis llamado Ciudad de México, donde la vida se nos va en el transito y en enfurecemos por las obras viales; cuando en Chihuahua la gente vive con zozobra segundo a segundo? Pensaba finalmente en desistir, hasta que encontré el sentido de hablar de cómo me fue este año: agradecimiento. Dependiendo en qué crea o no crea uno, Dios, la vida, el cosmos, los chacras, o lo que sea; todos aquellos que no vivimos en carne propia esas situaciones tenemos mucho que agradecer, independientemente de cómo nos pintó el último año de la década.

Y es que este 2010 fue particularmente bueno para el que esto escribe. De entrada, y lo quizá sea más importante, es que llegué a mi cumpleaños numero veintinueve. Normalmente solemos atribuirle cierto significado a determinados onomásticos: los dieciocho, los veinte, los veinticinco, et al. Para mí, el numero veintinueve era un evento importante.

Eran finales de los noventa cuando, por estar de baboso, una oujia vaticinó que moriría a los 28 años. La sugestión fue transformando internamente la forma de conducir mi vida. Seguí mi camino durante los poco más de diez años siguientes creyendo que moriría joven y viviendo siempre el ahora, sin visión posterior al mediano plazo. Jamás planeé a futuro, aunque sin hacer estupideces. Llegar al cumpleaños 29 significó un renacimiento, una revolución en mi manera de ver el mundo, mi mundo, y de fortalecimiento, de búsqueda, de emoción, de expectativas.

En otros rubros, este 2010 me permitió hacer muchas cosas. Por fin hice los tramites para mi titulación, la cual conseguí por ahí de mayo. Conseguí una mejora laboral. Hice mis primeros viajes de placer en solitario: fui a Guadalajara, evento que me llevó a subirme a un avión por primera vez en la vida; y regresé a la playa, después de alrededor de veinte años de no ir. Conocí Zihuatanejo. Renové el alquiler de la madriguera, ejemplo tácito de comenzar a echar raíces. Conocí a mi nueva sobrina, Aline. Me reencontré con gente de mi pasado: familia, amigos de la secundaria y el bachillerato, amigos de otros tiempos y espacios. Gocé de salud suficiente, siempre tuve qué comer y donde dormir; y tuve a mis seres queridos próximos, en materia o en esencia. Vi a Calexico, al gran Paul McCartney, a los hermosos Belle and Sebastian, a la bella Regina Spektor, a Ozomatli, a los Pixies (dos veces), a Arcade Fire, a Interpol, a Foals, a los rabiosos Triangulo de Amor Bizarro. Me asombré con The Tender Trap y volví a ver a los maravillosos Flaming Lips.

Tal vez no haya sido un año sumamente trascendente, pero si uno muy productivo. Para mí fue un buen año y doy gracias por ello.

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